Ya hay alguien ilustrando esta historia.

Sandra Viviana Cuellar

✝ 17/02/2011
Cali, Valle del Cauca

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“Sandra había conseguido esa semana un apartamentico para irse a vivir sola, el papá la había ayudado a trastearse y se estaba terminando de acomodar. Ese día me llamó, se disculpó porque tenía que cancelarnos una comida a la que nos había invitado y yo le dije que no se preocupara, que ya habría tiempo para eso”, cuenta doña María Elena Gallego antes de romper en llanto y decir que prefiere que sea su esposo el que hable de la desaparición de su hija de 26 años, el 17 de febrero de 2011, en un paradero de buses en Cali.

A Sandra la desaparecieron un jueves hacia mediodía en un sector conocido como El Terminalito. Iba rumbo a Palmira a dictar su primera clase de cultura y medio ambiente en la Universidad Nacional. Vestía un jean azul y una camisa negra. Su celular y su billetera fueron encontrados dos días después cerca al paradero de buses, intactos. Esa fue la única y la última noticia que tuvieron de ella. “Es como si la hubieran desaparecido ayer”, dice su amigo y colega Hildebrando Vélez, quien fue amenazado y hostigado por liderar su búsqueda.

Sandra Viviana se había graduado con honores como ingeniera ambiental. Bailaba música folclórica, escribía poesía y, sobre todo, entregaba sus días a acompañar a las comunidades campesinas, indígenas y negras vulneradas. Defendía a los corteros de caña que reclamaban condiciones de trabajo más dignas; dio el debate sobre el costo ambiental que representaba la multiplicación de cultivos de palma para la producción de biodiesel, pues su expansión es hoy uno de los principales motores de deforestación en Colombia; lideró el referendo por el agua en su región, que buscaba la consagración del agua potable como derecho fundamental; y semanas antes de desaparecer había convocado a la construcción de una red en defensa de los humedales, lo que suponía una lucha por la recuperación de “las 150.000 hectáreas de humedales que se han tomado los cañicultores de la cuenca del río Cauca”, explica Hildebrando.

Ella vivía y sufría por todo lo que tuviera vida: una planta, un animal abandonado

“Sandra es una persona muy activa, llena de inquietudes, preocupada por el mundo que la rodea. Y con muchas proyecciones, no sólo a nivel profesional, sino también en lo artístico y en lo espiritual”, dice su papá —siempre hablando en presente—, y cuenta que el último diciembre que celebraron juntos ella había regresado de un viaje de seis meses por Sudamérica, en el que estuvo muy cerca de los pueblos indígenas. “Ella vivía y sufría por todo lo que tuviera vida: una planta, un animal abandonado —afirma Hildebrando—. A mí me impresionaba su capacidad de dinamizar, de movilizar, de relacionarse de una manera alegre y sencilla con la gente”.

La imagen sonriente de Sandra Viviana Cuellar en una comparsa en la Feria de Cali, con el cuerpo teñido de dorado y los labios pintados de rojo, aparece en decenas de artículos y campañas en internet que reclaman su regreso. En uno de estos sitios web, La Voz del Pueblo Latinoamericano, se lee: “Estamos enfureciéndonos por el silencio institucional, estamos enfadándonos por la modorra de la justicia, estamos perdonando a los perpetradores por la paz de nuestros espíritus. Tú harías lo mismo”. Después de cinco años la familia de Cuellar no ha recibido ninguna respuesta de la justicia, “ni siquiera una hipótesis de quién pudo desaparecerla”, dice su papá.

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